Javier Ceballos Jiménez: Federico García Lorca: Bodas de sangre / Yerma

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1933/1934
Valoración: Imprescindibles

Bodas de sangre, página 1, con la Madre y el Hijo en escena: tras diecinueve palabras de un diálogo escueto, la número veinte es ya ‘navaja’. Así que nada de prolegómenos para introducir al lector/espectador en el entorno, ni estrategias para despistar. Ni un minuto que perder: la tragedia ya asoma, sabemos que va a llegar; pero eso, lejos de atenuar la tensión, la aumenta.

Tomando pie tan solo en la palabra maldita, la madre deja brotar el rencor por la muerte de su marido y su otro hijo a manos de la familia rival, en uno de esos odios enconados, perpetuos, que pueblan los dramas rurales. Imaginamos a la madre como una mujer enlutada, reseca por el dolor pero con la mirada firme como un árbol que no puede ser derribado. El orgullo por su familia, por los hombres que perdió y por el hijo que aún conserva, le mantienen en pie y le convierten en la figura más admirable del reparto, cargando sobre sí el peso de la muerte, uno de los dos polos que hacen funcionar la obra. El Hijo anuncia su boda y de inmediato sabemos que la Novia tuvo relaciones con un tal Leonardo (el único personaje que tiene nombre), que naturalmente pertenece a la familia de los asesinos. 

Lorca no necesita de muchos parlamentos para dibujar cada personaje. Igual que el diálogo inicial, todas las intervenciones son cortantes, con un ritmo casi musical, y de una eficacia aplastante. Hasta el paisaje queda descrito con la misma economía: podemos sentir alrededor las tierras quemadas por el sol que se cobran caro el fruto que se les puede arrancar. El ambiente y el colorido recuerdan claramente al Romancero gitano publicado unos años antes. 

La boda sintetiza la evolución del estado emocional que recorre la obra. El ambiente festivo inicial se subraya con el ritual y las coplillas que cantan las vecinas, que subrayan el ambiente popular pero introducen también la chanza y la ironía y, en una función similar al coro clásico griego, guían los cambios de tono. De la poesía y los cánticos se vuelve gradualmente a la prosa, transición finísima, casi imperceptible, a través de una simple alteración de la métrica. Y ya nos adentramos en lo sombrío: la fiesta empieza a enturbiarse en torno a la Novia, que encarna el otro polo de la tragedia, el amor, la pasión que hace reventar el equilibrio.

El proceso hacia ese desenlace doloroso que desde el principio intuimos se acompaña de elementos simbólicos que hacen aún más tenebroso el tercer acto: la Luna, casi siempre tan presente en toda la obra de Lorca, la muerte misma materializada en una vieja mendiga. Porque obviamente esa pugna entre el amor y la muerte sólo puede resolverse en favor de esta última. No es ya que resurjan los viejos odios, es el cumplimiento de un destino inevitable. 

Los personajes son inmensos. El Hijo y su oponente Leonardo son brutales, simples, primitivos pero honestos. Sabiéndolo o no, son los instrumentos designados para el fin que se aproxima. La Novia, torturada por la pasión contra la que lucha, tiene también su contraste en la mujer de Leonardo, a la que por el contrario se ha impedido conocer el amor y es seguramente la más consciente del cuadro. Y, como decía al principio, la Madre, que es todo dolor y dignidad, testigo del terrible pasado y que intuye, igual que el lector, que antes o después, por uno u otro camino, volverá a correr la sangre.    

Si en Bodas de sangre la tragedia se deja ver en la vigésima palabra, en Yerma está ya en el título. Por no poder ser madre no es tampoco mujer, ni esposa, y ni siquiera merece un nombre. Yerma es su nombre, no tiene otro.

Yerma plantea otro elemento en esa disección que Lorca hace a lo largo de la ‘trilogía’ a los roles de hombre y mujer, el amor, los vínculos familiares y la muerte. En este caso lo hace a través de la perspectiva de la maternidad, aunque que no tanto como objeto de análisis en sí misma –como por ejemplo en La tía Tula, de Unamuno- sino como instrumento para presentar la posición social de la mujer. En este sentido, se puede decir que Yerma es un drama femenino, y más sutil que Bodas de sangre.

Yerma se ha casado con Juan, un campesino honrado que le quiere, y al que sólo le importan sus ovejas y vivir tranquilo. Pero Yerma sabe que su papel como mujer es darle hijos a Juan y, pasado el tiempo, los hijos no llegan. A Juan parece que le da lo mismo, pero ella tiene tan interiorizado que la maternidad es su siguiente etapa que no puede soportar la situación. Aquí tenemos de nuevo a los coros de lavanderas y vecinas que, combinando lo serio y la guasa, se encargan de caldear la situación, para la protagonista y para el espectador. Hay también personajes secundarios que aportan sus ingredientes, como la conmiseración de María, la joven que acaba de ser madre y se cuida de no provocar más dolor a Yerma. O la tenue y muy equívoca tentación que parece representar Víctor, un amigo de la infancia que aparece muy de vez en cuando sembrando la duda de una atracción no resuelta. Bueno, una vez más esos personajes grandiosos de Lorca, siempre delineados con maestría, llenos de matices.

Pero Yerma está completamente sola frente a su tragedia. Su vientre parece estar seco después de tres años, busca sin confianza remedios en viejas comadronas, ahoga el grito de su desesperación, pero no llega a rebelarse, aunque hay alguna voz que le apunta que no hay por qué resignarse a cumplir ese papel femenino de reproductora y guardesa del hogar. Pero en la conciencia de Yerma el dolor es más intelectual que emocional: no se localiza en el vacío del sentimiento maternal insatisfecho, sino en la incapacidad para desempeñar la tarea que la sociedad le encomienda. Yerma –como la Madre de Bodas de sangre- es todo dignidad, y su integridad le lleva a desechar la tentación, pero no puede evitar salir de casa porque necesita espacio, ver el mundo desde la perspectiva de persona y no del estereotipo de mujer que se le pide. La suya es una lucha interna entre el deber, que desea cumplir a toda costa, y un ansia íntima por hacer saltar las reglas. 

En fin, que aunque me haya extendido bastante más de lo habitual, todo esto y muchísimo más se podría decir de estas dos obras maestras que, junto con La casa de Bernarda Alba tan espléndidamente reseñada ayer, forman lo que habitualmente se conoce como Trilogía rural de Lorca. Sobre paisajes semejantes en los tres casos, en el centro del escenario siempre hay una descomunal figura de mujer-madre-matriarca cuya fortaleza no es obstáculo para que se ponga en cuestión se propio papel. Bernarda Alba es el mismo ojo del huracán; la Madre de Bodas de sangre es en su asimetría el corazón del conflicto; y a Yerma, en su no-maternidad, le podríamos asignar aquel famoso concepto del 'centro ausente'. Mujeres estratosféricas que llenan la escena y emocionan al lector con su sola presencia.

Y con esto queda medio maquillada una de esas cosas incomprensibles de este anárquico blog (aparte de que siga funcionando después de nueve años): la absoluta ausencia de la obra teatral del genio granadino. Así que deuda pagada… en parte.

Otras obras de Federico García Lorca en ULAD: Poeta en Nueva YorkRomancero gitano



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