Javier Ceballos Jiménez: Alberto Moravia: El hombre que mira

Idioma original: Italiano
Título original: L'uomo che guarda
Traductora: Silvia Querini
Año de publicación: 1985
Valoración: Se deja leer
Tras leer Los indiferentes, El conformista o La campesina, obras de Alberto Moravia que me parecieron espectaculares, llegaron La atención y El tedio. Si bien no diría que estos últimos libros son malos, me parecieron bastante más insípidos que los otros. A ver, los aspectos positivos de esas novelas las volvían redimibles, y debo reconocer que Moravia me tenía demasiado bien acostumbrado, así que le di otra oportunidad a su obra sin titubear. Finalmente me topé con El hombre que mira, y...
Bueno, vayamos por partes. Tenemos a tres personajes: un profesor universitario, su padre y Silvia, la esposa del primero. Ella le dice a su marido que necesita reflexionar y abandona el piso donde viven. Piso que pertenece al padre (el del marido, no el de ella) y en el que habitan los tres. Por cierto: padre e hijo mantienen una relación tensa desde hace años. Son rivales. Los ideales de uno chocan con los del otro de forma irreconciliable. También sus personalidades.
Bueno, vayamos por partes. Tenemos a tres personajes: un profesor universitario, su padre y Silvia, la esposa del primero. Ella le dice a su marido que necesita reflexionar y abandona el piso donde viven. Piso que pertenece al padre (el del marido, no el de ella) y en el que habitan los tres. Por cierto: padre e hijo mantienen una relación tensa desde hace años. Son rivales. Los ideales de uno chocan con los del otro de forma irreconciliable. También sus personalidades.
Dicho esto, ¿por qué esta novela no me ha gustado? Para empezar, porque pienso que El hombre que mira podría haberse zanjado con la mitad de páginas. Por si su volumen excesivo (para el tipo de historia que cuenta, me refiero) no fuera suficiente, el argumento se narra con una lentitud exasperante, y ciertos pasajes son extremadamente reiterativos. A todo eso hay que sumarle el escaso interés que suscita su premisa. Vale, las relaciones paterno-filiales tienen su encanto. Kafka. Fante. Ellos lo bordan. Moravia, en cambio, es incapaz de ofrecer algo de sustancia a este conflicto.
Para colmo, en El hombre que mira apenas hay simetría de interés entre los dos personajes principales, el padre y el hijo. La balanza se inclina todo el tiempo hacía el padre. Y es que el hijo es un personaje soso, aburrido, además de poco verosímil. Moravia parece despreciarlo; le retrata como uno de esos hombres pasivos, castrados, que tanto pueblan sus novelas. Tampoco el padre sea la gran cosa, en realidad. No voy a destripar ciertos acontecimientos, pero la historia se empeña en dar una relevancia al padre que, a mis ojos, no tiene. Solamente, si acaso, destaca por contraste y por imposición del autor. Quizás Moravia se quiso proyectar en él, no lo sé.
También de Alberto Moravia en ULAD: Los indiferentes, El conformista.
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