Javier Ceballos Jiménez: César Brandon Ndjocu: Las almas de Brandon


Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: indigno

Pues no me ha costado ni nada encontrar la portada original de la primera edición. Las que encontraba por todas partes ya incorporaban en portada los fajines de las sucesivas ediciones, van por la quinta o así, fajines que tanto aprecia un servidor, fajines que hablan de salvar el arte y esas cosas, lo cual ya es demasiado. Cinco ediciones en algo que se proclama poesía es mucho.
No pienso llamarle mérito, ni nada que se le asemeje, por eso.
Este es, por encima de todo, un libro para que lo lea gente que detesta leer. Una especie de compensación para aliviar algún resquicio de cargo de conciencia por ello. Estéril, por eso.
Porque aquí la cosa va más de promoción. Yo no reseño este libro porque me guste que me llamen "fantasmón". Yo lo reseño porque creo que es mi deber advertir y contrarrestar el aluvión mediático. Porque de esto se proclama ser "el libro del poeta que conquistó un país entero en menos de tres minutos", porque su autor ganó un concurso de esos de talentos de la TV basándose en su innegable fotogenia, su perfil a medida, y en ese nauseabundo racismo inverso que consiste en alabar por lo exótico, loar por las condiciones particulares antes que por el resultado o por el talento. El racismo inverso del que mira qué enrollado que soy que te aplaudo y te tolero y hasta te toco y te abrazo mientras te promociono.

Haciendo caja, mientras tanto, por supuesto. De eso se trataba, desde el primer momento. No es casual cierta coincidencia de sellos de publicación ni es casual el entusiasmo de los jurados en endilgarnos un producto (tardaba en salir la palabra: producto) o, mejor dicho, en intentar vender este sucedáneo de ínfima categoría ya no como poesía (casi prefiero ahorrarme un festival de ripios si lo fuera, que no) sino como literatura de cualquier guisa. Pero así es y así está siendo. Si la combinación es perfecta. César Brandon Ndjocu es negro, de raza negra, me refiero, guineano, es, o fue, inmigrante, y por tanto, precario, pobre, señalado, es fotogénico, tiene una apariencia sencilla y hasta modesta, de buen chico, es, él también, el producto de un plan orientado a expoliar los bolsillos de la gente y a pretender que se les vende literatura cuando esto es, y le he dado vueltas a la valoración, indigno de ser considerado como tal.
Señores consumidores (por favor, tengamos respeto a los lectores), aquí no hay ningún valor aparte de la mera retahíla de pensamientos obvios en voz alta expresados uno tras otro de forma tan obvia y previsible como anodina y falta de talento u originalidad, y ya perdonareis que en este caso me abstenga de la mera citación de pasaje alguno. Me limitaré a hacer mención a un curioso recurso: cuando no sabe cómo acabar con algún capítulo, como resolver alguna de las tonterías que van surgiendo en este desatino, el recurso más socorrido es un "te amo". Si el amor salvará el mundo, a mí me ha resuelto unos cuantos finales que se atascaban. 
Me explico un poco más. Se trata de unos 80 capítulos de diversa duración donde todos los recursos más hiper-explorados son usados sin pudor ni rubor alguno. La enfermedad, el abandono, la desazón juvenil, la precariedad, el sexo, el amor y el desamor, los lazos familiares más obvios, el gap generacional, esas cosas tan sabidas, la adolescencia, la autocompasión, el chascarrillo constante, el ripio, la repetición como recurso creativo, la obviedad, la inserción de juegos de palabras forzados a cuenta de cualquier cosa. Así es la poesía que triunfa en los talent-show. En algún momento se reivindica de forma contundente a Coelho, aunque otras celebridades nombradas puedan ser Álex Ubago o Albert Espinosa. Previsible. El estilo del autor puede atisbarse ya en su mero perfil en la solapa, para desesperar a más de uno, neograciosillismo deberían llamarle a esto, aunque la alternancia con el supuralagrimismo no es nada desdeñable. La letanía de analogías a la altura de redacciones de primaria o de advenedizos de Twitter es sonrojante. Por eso me veo obligado a engullir esta bazofia y a opinar sobre ella. Porque un libro se vende, se paga por él. No puede ser una sucesión de hashtags inocuos uno tras otro, tan voluble y vacío no es todo. Y llego tarde. Hay gente que ya ha pagado por ello. Y alguien que dude puede leerme, y le digo que se vaya olvidando. Esto es un engaño. Absoluto. Sin una frase aprovechable. Como decimos en catalán, se nos mean en la cara y nos dicen que llueve.
Quiero decir que César Brandon Ndjocu es perfectamente libre de aceptar todo el juego en el que se ha metido. De aprovecharse del tirón comercial de lo que escribe, igual le han convencido, a cambio del correspondiente tanto por ciento, de que tiene alguna clase de talento. De hecho, le deseo suerte en lo de intentar acabar mereciéndolo, de que el aspecto creativo llegue algún día a ser acreedor de su repercusión, aunque sea para justificarlo. No tengo la más mínima confianza en que ello vaya a ser así. Los elogios de tipos como Risto Mejide van a procurarle réditos, seguro, pero yo no sé si para alguien que pretende ser escritor es más valioso el reconocimiento económico o ese que solo el cruel paso del tiempo certifica. A mí, su libro me ha parecido de lo peor que he leído en décadas, un fraude, un insulto para quien lo lea y piense que ahí va a encontrar literatura o algo que se le acerque.
Con el listón tan bajo, no hay que extrañarse de que Manuel Vilas deslumbre.


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