Javier Ceballos Jiménez: David Torres: Palos de ciego
Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: bastante recomendable
"Un soneto me manda hacer Violante
y en mi vida me he visto en tal aprieto..."
Supongo que a todo el mundo le sonará este ingeniosos y excelso truco de Quevedo (ignoro si existen antecedentes) de componer un soneto explicando cómo se hace, precisamente... un soneto. La idea nos será aún más familiar, quizás, porque en estos tiempos de autoficción y metaliteratura -de la buena y de baratillo-, es un recurso al que han acudido muchos escritores, con resultados apreciables, en algún caso -HHhH, por ejemplo- o previsiblemente plúmbeos en otros -Hombres buenos de Pérez-Reverte, que yo recuerde-; pues bien, es el mismo que utiliza David Torres, e incluso de forma más descarada (o desenvuelta, si se prefiere) en este Palos de ciego: escribir un libro explicando cómo escribió -o, en este caso, no escribió-, un libro.
No lo escribió porque el libro que el pretendía hacer, desde más de veinte años atrás, no era éste, sino una novela titulada Borrón, sobre -o alrededor de- un episodio confuso, casi desconocido, de la época estalinista: la supuesta matanza en Ucrania, de cientos de músicos ambulantes ciegos, los conocidos como kobzari -también lirniki o banduristi, según el instrumento que tocaran-, para evitar que continuaran cantando por las calles y plazas sus canciones tradicionales, no demasiado acordes con el espíritu soviético revolucionario. Torres nos cuenta cómo va tirando del hilo de esta historia, a partir de una mención en las supuestas memorias de Shostakóvich, cómo va recopilando los escasos datos que puede y, sobre todo (y a pesar de) una gran bibliografía acerca de la época; sus intentos de urdir una ficción con tan frágiles mimbres, sus desánimos y abandonos, los intentos renovados... Alternando, además, esta narración de un libro fantasma con el descubrimiento de su fantasma particular: la figura (o no figura) de su hermano muerto al nacer un año antes que él y que llevó su mismo nombre -o es el escritor el que heredó el nombre de su hermano, más bien-; ambas existencias truncadas, novela y hermano, articulan todo el libro, aunque no son los únicos espectros presentes en sus páginas: están, por supuesto, los personajes ficticios de Borrón, pero también figuras reales, incluso notorias, ya desaparecidas... Grandes músicos como Shostakóvich, Prokófiev o la pianista María Yúdina (genial la historia sobre el Concierto para piano nº 23 de Mozart); escritores como James Barrie o el poeta Osip Mandelshtam; alpinistas británicos o alemanes que perecieron en su asalto a los ochomiles... Y la presencia más ominosa de todas, la de Iósif Stalin, el dictador soviético al que presuntamente -o no- se le puede hacer responsable de la matanza de los juglares ciegos, aunque fuera sólo una gota en el océano de muertes a su cargo (algo que, de todas formas, matiza bastante Torres).
También están, por supuesto, los fantasmas que pueblan la propia memoria y que solemos llamar recuerdos. los de la infancia o de la juventud letraherida, en este caso... Aquí, Palos de ciego comparte cierta actitud "autoficcional" e incluso telón de fondo, con los últimos libros de otro escritor madrileño de su generación, Antonio Orejudo. Aunque en el caso de éste la autoficción no es más que, creo, una excusa irónica o juguetona para revirar hacia la ficción sin más adjetivos, mientras que en el libro que nos ocupa, se trata de la argamasa que une elementos, componentes que, en principio, se diría que difícilmente iban a ligar entre sí. Si David Torres lo ha conseguido o no, lo debe decidir cada lector. Yo digo que sí.
Otros títulos de David Torres reseñados en Un Libro Al Día: Punto de fisiónTambién están, por supuesto, los fantasmas que pueblan la propia memoria y que solemos llamar recuerdos. los de la infancia o de la juventud letraherida, en este caso... Aquí, Palos de ciego comparte cierta actitud "autoficcional" e incluso telón de fondo, con los últimos libros de otro escritor madrileño de su generación, Antonio Orejudo. Aunque en el caso de éste la autoficción no es más que, creo, una excusa irónica o juguetona para revirar hacia la ficción sin más adjetivos, mientras que en el libro que nos ocupa, se trata de la argamasa que une elementos, componentes que, en principio, se diría que difícilmente iban a ligar entre sí. Si David Torres lo ha conseguido o no, lo debe decidir cada lector. Yo digo que sí.
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