Javier Ceballos Jiménez: El teatro en las manos


(Se encienden las luces. En el escenario, Beatriz Garza y Carlos Andia sentados frente a una mesa rebosante de todo tipo de alimentos).

Beatriz Garza: Si nos ponemos analíticos, lo de leer teatro parece que albergue ciertas connotaciones negativas. Por un lado, estás abordando algo en una fase prematura, antes de que llegue a su estadio final que es el escenario, donde el texto se ha desvanecido en pos de unos personajes de carne y hueso que actúan en tiempo real, y con una puesta en escena previamente estudiada y definida por el director y su equipo. (Si buscamos una metáfora gastronómica, es como comer masa cruda de galleta antes de hornearla). Por otro lado, leer una obra de teatro también es adentrarse en el germen mismo de la historia, ya que de unas cuantas paginitas con diálogos acompañados de escuetas indicaciones acabarán germinando cerca de dos horas de representación con música, vestuario, escenografía, gestos, matices… un montón de elementos que no estaban sobre el papel. (Eso es como degustar un cubito de sopa concentrada sin primero diluirlo en agua caliente). 
Se mire por donde se mire, puede parecer que leer teatro lo lleva indefectiblemente a uno hacia una indigestión antológica. Pero no solo no es así si no que a muchos nos resulta una experiencia verdaderamente gratificante. Efectivamente, somos muchos y estamos muy locos. 

Carlos Andia: El rasgo fundamental del teatro leído es su desnudez: ante el lector aparecen varios personajes y, en principio, sólo tenemos de ellos sus palabras. Se podrá decir que esto no siempre es así, el autor puede describir un escenario con características determinadas, y los hay que son auténticos maestros en introducir la acción en una atmósfera definida y poderosa, como ocurre, como mejor ejemplo, en las maravillosas acotaciones de Valle-Inclán. Pero esto es la excepción. En la mayoría de los casos disponemos de una somera descripción que sirve a lo sumo para situarnos. Por otra parte, cuando la obra se representa tenemos ya a actores que, literalmente, ‘interpretan’; es decir, conducidos por un director y acompañados de más o menos medios técnicos, presentan al espectador su ‘versión’ de lo que escribió el autor. 
Pero cuando uno tiene en la mano el texto original solo tiene frente a sí a esos personajes y sus palabras, a lo sumo algún lenguaje gestual definido por el autor. Estamos en una posición de voyeur, asistiendo a un trozo de su vida, sin que ningún elemento externo incida en lo que estamos percibiendo. Esa inmediatez hace del teatro leído una experiencia diferente, en la que el lector debe integrarse con aquello a lo que está asistiendo, y tiene que valorarlo como se valora a alguien con quien conversamos. En este sentido, leer teatro es quizá la experiencia literaria que más se parece a la vida. 
Por el mismo motivo, entiendo que el trabajo del dramaturgo resulta especialmente complejo y, por lo tanto, su talento aún más admirable cuando con esa limitación de medios consigue transmitir sensaciones poderosas. Y en estos casos, para el lector la intensidad de la gratificación puede ser mayor que en otros géneros. Ya que estamos con metáforas gastronómicas, algo así como comerse unas anchoas de Santoña, crudas con solo un poco de aceite. 

Beatriz Garza: Luego, claro está, aunque el teatro sobre el papel parezca de lo más austero, no significa que no haya lugar para que cada autor pueda impregnarlo de su estilo personal. Incluso en las acotaciones, como decía Carlos en relación a Valle-Inclán, podemos hallar el sello diferencial de un dramaturgo. A mí personalmente me gustan los estilos depurados más alejados de los cánones clásicos de la dramaturgia (Tennessee Williams, por ejemplo) porque resultan más intensos y dan mayor espacio a la interpretación, lo que me parece una gran cualidad (¡esa Poncia de La casa de Bernarda Alba! ¡qué oportunidad para la exploración psicológica!) teniendo en cuenta que ese texto va a manos de un director que puede darle un matiz u otro y lograr que su montaje sea único. También porque me gusta ir al grano: ¡más albóndigas y menos patatas! 

Carlos Andia: Con personajes más abiertos o más acabados, es en todo caso el lector el que valora. Estamos frente a frente con Max Estrella, Calígula, Nora Helmer o el vagabundo Vladimir, les oímos hablar y, leyendo, imaginamos sus gestos o sus movimientos, conocemos lo que hacen y cómo se relacionan con el resto del reparto. Así les juzgamos, sin un envoltorio que distraiga la atención ni una mano que nos dirija. 
Y, oiga, qué experiencia literaria puede ser más estimulante que respirar el mismo aire que esos personajes, acercarnos a ellos lo que nos apetezca o hacer resonar sus palabras tantas veces como queramos. La lectura de una obra dramática es algo inigualable si el texto merece la pena. Y hay tantos extraordinarios que tenemos a nuestra disposición todo un fantástico menú. 

P.D. Seguro que las analogías gastronómicas van a entusiasmar a algunos de los habituales del blog.


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