Javier Ceballos Jiménez: Tara Westover: Una educación
Idioma original: inglésTítulo original: Educated. A memoir
Traducción: Antonia Martín (ed. castellana) / Salvador Company Gimeno y Anna Torcal Garcia (ed. catalana)
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable
Bien es sabido que, últimamente, existe cierto interés en el sector editorial en buscar historias personales que conmuevan al lector, que causen impacto, que dejen huella y, quién sabe si también, tengan una salida para una adaptación a las pantallas porque en el fondo, en la mayoría de casos, se busca rentabilizar un producto. Y se vuelcan en la promoción. Hay veces que sí, que el bombo que se le da está justificado, pero hay veces en las que no está tan claro y, en este caso, no sé si el hype que se le está dando a este libro está al nivel de la obra. Pero veamos mejor el por qué.
Este libro, autobiográfico, narra la vida de la autora, Tara Westover, nacida en un Clifton, Idaho, un pueblo pequeño que, por aquél entonces, tendría unos doscientos habitantes. Por si esas condiciones no causaran poco hermetismo, ella nació en una familia mormona fundamentalista, en un entorno donde el padre ejercía una disciplina férrea y autoritaria bajo el pretexto de seguir los dictámenes de Dios. Así, nacida y criada con reglas muy estrictas y una excesiva aversión a la evolución, los hijos nunca tuvieron la posibilidad de ir al colegio (a excepción de los hermanos mayores, que pudieron ir antes de que el padre radicalizara su discurso) y toda formación debía ser autodidacta, para evitar caer en manos de los Iluminados (tal como su padre denomina a los profesores). El recelo a las instituciones, no únicamente era respecto a las escuelas, sino también a los demás entes estatales, incluyendo un rechazo completo a médicos (pues la vida está a merced de lo que dictamine Dios) u otros organismos. En este ambiente cerrado, hermético y claustrofóbico, la idea de su padre era que ellos debían saber hacer todo lo necesario para salir adelante (tareas del hogar, crianza, construcción, o ejerciendo de curandera y partera en el caso de su madre, aún y haciéndolo sin estar titulada para ello). La familia debía estar preparada para cuando llegaran los «Días de la Abominación»; debían estar listos para ello y ser autosuficientes.
En este ambiente se desenvuelve la historia, narrando la vida de la autora en estas condiciones extremas, exigentes y despiadadas. Y la consecuencia de ello es inmediata, pues la culpa y los remordimientos aparecen en la joven Tara cuando decide tomar alguna decisión en contra de la voluntad del padre. Se siente mala hija, siente que le ha decepcionado, por mucho que a ojos ajenos o del que lo lee desde la distancia pueda parecerle inconcebible. Es el resultado de años de presión, de represión, de censura, de hacerla sentir culpable por aquello en lo que difiere de la creencia familiar. La culpa y la vergüenza por no aceptar que ciertas decisiones recaigan a manos de los designios divinos, sino que deben recaer en uno mismo.
Estructuralmente, la novela se divide en tres grandes partes (infancia, juventud y madurez), donde se relata la trayectoria vital de la autora. A pesar de que la historia está bien hilvanada, sin grandes saltos temporales ni idas y venidas en el tiempo, el resultado de las diferentes partes es bastante desigual. Cabe decir que el libro empieza fuerte, pues la autora nos traslada de golpe en ese ambiente opresivo, estricto, duro, agresivo y despiadado, donde el maltrato físico y psicológico es constante. Ese principio es muy bueno, pues nos introduce de lleno en la historia de manera directa. Pero, una vez superado el impacto, y habiendo conocido por la durísima situación que tuvo que pasar la autora en su infancia, la reiteración de escenas, el exceso de situaciones conflictivas, y el abuso de experiencias traumáticas bastante similares lastran el ritmo narrativo. Esta primera parte ocupa unas doscientas páginas, y me atrevería a decir que sobran la mitad de ellas. Afortunadamente, superada la mitad del libro, el ritmo aumenta, vemos cambios en la vida de la autora, vemos una ventana al sol, una puerta de salida, un despertar. Ahí sí, la narración atrapa y te lleva a animar a la autora en su lucha, su fuga, su escape. Y con ese ímpetu in crescendo, llegamos a una parte final, donde la autora toma consciencia de gran parte de los traumas ocasionados por su padre (principalmente) durante esa terrible infancia, pero, lamentablemente, en esa parte más reflexiva y consciente, la autora parece que no acaba de encontrar el tono narrativo; es algo justificable, pues son memorias relativamente recientes, y puede que, al ser así, la autora no tenga claro qué enfoque quiere darle y en esa duda pierde el tono y la estructura, quedándose un poco a medio camino, en un final algo atropellado y no muy bien resuelto.
En una época en que cada vez estamos más acostumbrados a libros escritos en base experiencias personales (la famosa narración del yo), cuesta ya sorprender al lector o atraparle en el relato; cuando un libro autobiográfico se sustenta principalmente en la historia narrada, pero no ofrece una calidad narrativa de muy alto nivel y además tiene partes tan irregulares, es difícil que la historia aguante las casi quinientas páginas del libro. Bien es cierto que hay párrafos interesantes y fragmentos que te hacen reflexionar, pero la reiteración de algunas escenas y situaciones causan cierto cansancio lector. Aun así, a pesar de ello, es un libro recomendable si tenemos en cuenta el escenario que nos plantea, la valentía y la denuncia de la autora hacia su propia familia, y los estragos que sobre la sociedad causa una creencia extrema, sesgada y malinterpretada de la religión, pues, cuando se cae en extremismos, uno pierde el sentido de la realidad y con ello, deja decisiones vitales en manos de una creencia, una religión o una interpretación personal de la misma que deja que la vida y el futuro de uno quede en manos ajenas, eliminando así cualquier responsabilidad sobre lo que ocurre ni capacidad de influir en el propio futuro.
Por todo ello, y a pesar de los aspectos menos logrados, el libro es interesante por el retrato sociológico que hace de una parte de la sociedad que interpreta de manera extrema la religión y hace de ello su modus vivendi; en este aspecto la autora ya aclara de entrada que su propósito no es criticar al mormonismo per se. De hecho, se desmarca en gran parte de este análisis estrictamente teológico, porque más que una crítica a la religión, el libro trata sobre lo que ocurre cuando se junta una interpretación extrema de la misma con la dureza y rigidez de un padre, de férrea disciplina y creencias y la educación e ideas que transmite a sus hijos, de manera continua, dura, cruel y autoritaria, menoscabando su libertad de pensamiento y acción, limitando su capacidad de decidir, hasta el punto de acabar auto infringiéndose su propio castigo.
Más allá de una interesante y gran historia de autosuperación, valentía, y despertar vital, la autora expone en este libro, a través de su historia personal, una crítica a los religiosos extremos, a aquellos que ligan completamente su vida y su destino a un Dios (o a la interpretación que dan a la religión) que rige y destina cada uno de sus actos. Ubicando la religión y Dios como centro de todas las decisiones, no únicamente se pone el destino en sus manos, sino que se aparta la responsabilidad de uno mismo para con su propia vida. Y si no somos dueños y responsables de lo que nos ocurre, aún y aceptando que el azar existe, si no elegimos, participamos y nos cuestionamos sobre nosotros mismos y nuestro entorno, ¿podremos realmente conocer quiénes somos? Hacerlo sí sería una toma de consciencia, un aprendizaje, una verdadera y provechosa educación.
Este libro, autobiográfico, narra la vida de la autora, Tara Westover, nacida en un Clifton, Idaho, un pueblo pequeño que, por aquél entonces, tendría unos doscientos habitantes. Por si esas condiciones no causaran poco hermetismo, ella nació en una familia mormona fundamentalista, en un entorno donde el padre ejercía una disciplina férrea y autoritaria bajo el pretexto de seguir los dictámenes de Dios. Así, nacida y criada con reglas muy estrictas y una excesiva aversión a la evolución, los hijos nunca tuvieron la posibilidad de ir al colegio (a excepción de los hermanos mayores, que pudieron ir antes de que el padre radicalizara su discurso) y toda formación debía ser autodidacta, para evitar caer en manos de los Iluminados (tal como su padre denomina a los profesores). El recelo a las instituciones, no únicamente era respecto a las escuelas, sino también a los demás entes estatales, incluyendo un rechazo completo a médicos (pues la vida está a merced de lo que dictamine Dios) u otros organismos. En este ambiente cerrado, hermético y claustrofóbico, la idea de su padre era que ellos debían saber hacer todo lo necesario para salir adelante (tareas del hogar, crianza, construcción, o ejerciendo de curandera y partera en el caso de su madre, aún y haciéndolo sin estar titulada para ello). La familia debía estar preparada para cuando llegaran los «Días de la Abominación»; debían estar listos para ello y ser autosuficientes.
En este ambiente se desenvuelve la historia, narrando la vida de la autora en estas condiciones extremas, exigentes y despiadadas. Y la consecuencia de ello es inmediata, pues la culpa y los remordimientos aparecen en la joven Tara cuando decide tomar alguna decisión en contra de la voluntad del padre. Se siente mala hija, siente que le ha decepcionado, por mucho que a ojos ajenos o del que lo lee desde la distancia pueda parecerle inconcebible. Es el resultado de años de presión, de represión, de censura, de hacerla sentir culpable por aquello en lo que difiere de la creencia familiar. La culpa y la vergüenza por no aceptar que ciertas decisiones recaigan a manos de los designios divinos, sino que deben recaer en uno mismo.
Estructuralmente, la novela se divide en tres grandes partes (infancia, juventud y madurez), donde se relata la trayectoria vital de la autora. A pesar de que la historia está bien hilvanada, sin grandes saltos temporales ni idas y venidas en el tiempo, el resultado de las diferentes partes es bastante desigual. Cabe decir que el libro empieza fuerte, pues la autora nos traslada de golpe en ese ambiente opresivo, estricto, duro, agresivo y despiadado, donde el maltrato físico y psicológico es constante. Ese principio es muy bueno, pues nos introduce de lleno en la historia de manera directa. Pero, una vez superado el impacto, y habiendo conocido por la durísima situación que tuvo que pasar la autora en su infancia, la reiteración de escenas, el exceso de situaciones conflictivas, y el abuso de experiencias traumáticas bastante similares lastran el ritmo narrativo. Esta primera parte ocupa unas doscientas páginas, y me atrevería a decir que sobran la mitad de ellas. Afortunadamente, superada la mitad del libro, el ritmo aumenta, vemos cambios en la vida de la autora, vemos una ventana al sol, una puerta de salida, un despertar. Ahí sí, la narración atrapa y te lleva a animar a la autora en su lucha, su fuga, su escape. Y con ese ímpetu in crescendo, llegamos a una parte final, donde la autora toma consciencia de gran parte de los traumas ocasionados por su padre (principalmente) durante esa terrible infancia, pero, lamentablemente, en esa parte más reflexiva y consciente, la autora parece que no acaba de encontrar el tono narrativo; es algo justificable, pues son memorias relativamente recientes, y puede que, al ser así, la autora no tenga claro qué enfoque quiere darle y en esa duda pierde el tono y la estructura, quedándose un poco a medio camino, en un final algo atropellado y no muy bien resuelto.
En una época en que cada vez estamos más acostumbrados a libros escritos en base experiencias personales (la famosa narración del yo), cuesta ya sorprender al lector o atraparle en el relato; cuando un libro autobiográfico se sustenta principalmente en la historia narrada, pero no ofrece una calidad narrativa de muy alto nivel y además tiene partes tan irregulares, es difícil que la historia aguante las casi quinientas páginas del libro. Bien es cierto que hay párrafos interesantes y fragmentos que te hacen reflexionar, pero la reiteración de algunas escenas y situaciones causan cierto cansancio lector. Aun así, a pesar de ello, es un libro recomendable si tenemos en cuenta el escenario que nos plantea, la valentía y la denuncia de la autora hacia su propia familia, y los estragos que sobre la sociedad causa una creencia extrema, sesgada y malinterpretada de la religión, pues, cuando se cae en extremismos, uno pierde el sentido de la realidad y con ello, deja decisiones vitales en manos de una creencia, una religión o una interpretación personal de la misma que deja que la vida y el futuro de uno quede en manos ajenas, eliminando así cualquier responsabilidad sobre lo que ocurre ni capacidad de influir en el propio futuro.
Por todo ello, y a pesar de los aspectos menos logrados, el libro es interesante por el retrato sociológico que hace de una parte de la sociedad que interpreta de manera extrema la religión y hace de ello su modus vivendi; en este aspecto la autora ya aclara de entrada que su propósito no es criticar al mormonismo per se. De hecho, se desmarca en gran parte de este análisis estrictamente teológico, porque más que una crítica a la religión, el libro trata sobre lo que ocurre cuando se junta una interpretación extrema de la misma con la dureza y rigidez de un padre, de férrea disciplina y creencias y la educación e ideas que transmite a sus hijos, de manera continua, dura, cruel y autoritaria, menoscabando su libertad de pensamiento y acción, limitando su capacidad de decidir, hasta el punto de acabar auto infringiéndose su propio castigo.
Más allá de una interesante y gran historia de autosuperación, valentía, y despertar vital, la autora expone en este libro, a través de su historia personal, una crítica a los religiosos extremos, a aquellos que ligan completamente su vida y su destino a un Dios (o a la interpretación que dan a la religión) que rige y destina cada uno de sus actos. Ubicando la religión y Dios como centro de todas las decisiones, no únicamente se pone el destino en sus manos, sino que se aparta la responsabilidad de uno mismo para con su propia vida. Y si no somos dueños y responsables de lo que nos ocurre, aún y aceptando que el azar existe, si no elegimos, participamos y nos cuestionamos sobre nosotros mismos y nuestro entorno, ¿podremos realmente conocer quiénes somos? Hacerlo sí sería una toma de consciencia, un aprendizaje, una verdadera y provechosa educación.
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