Javier Ceballos Jiménez: Ian McEwan: Los perros negros
Idioma original: inglésTítulo original: Black Dogs
Traducción: Maribel De Juan
Año de publicación: 1992
Valoración: Recomendable, por lo menos
No le tenía yo muy bien ubicado a Ian McEwan dentro de aquella generación Granta, ya se sabe, esos autores ingleses que surgen en las últimas décadas del siglo pasado y prolongan sus éxitos hasta culminar en el Nobel de Ishiguro. Mejor dicho, me gusta Rushdie, me divierte Kureishi y me interesan a veces Amis, Swift o Barnes, pero no termino de pillarles el punto, no hay algo que me entusiasme como para dejarme una marca ‘de grupo’, la impresión definitiva de que ahí hay algo realmente grande y potente. Así que lo intento esta vez con McEwan, y una obra en principio no excesivamente conocida ni prestigiosa.
El joven Jeremy nos explica para empezar una singularidad de su infancia: habiendo quedado huérfano a los ocho años, tiene el comprensible –aunque entiendo que no muy frecuente- impulso de establecer lazos especiales con los padres de sus amigos. Aprovechando la ausencia de sus colegas, charla con sus progenitores, se comporta como un adulto y recobra con ellos los lazos filiales que seguramente echaba de menos. Al cabo de los años, Jeremy, ya casado y con hijos, no ha perdido su vieja inclinación, e inaugura una estrecha relación con sus suegros, una pareja que vive separada desde su mismo viaje de bodas. Los perros negros viene a ser una colección de apuntes sobre el peculiar matrimonio, que su yerno proyecta convertir en una especie de biografía.
El narrador va dejando sus impresiones a partir de las largas conversaciones y horas compartidas con los ya muy maduritos June y Bernard Tremaine. June vive en una residencia, aquejada de una enfermedad degenerativa, y su marido (del que nunca llegó a separarse legalmente) mantiene un alto grado de actividad político-intelectual. Cuando se conocieron, ambos pertenecían al Partido Comunista, y parte de la narración se dedica a indagar sobre las causas de sus respectivos desenganches de la ortodoxia. Su perspectiva política fue siempre muy diferente: ella, idealista, con la mirada siempre puesta en los principios, en los grandes objetivos finales; él, pragmático y estratega, concibe la política como pensamiento científico, alejado de las masas.
Pero la divergencia en torno a una ideología común encierra algo más profundo, una diferente posición ante la vida, la espiritualidad que florece en ella y desconcierta a Bernard, el apego de éste a lo empírico e inmediato, que June no entiende ni asume. Una incompatibilidad definitiva, radical, a la que la vieja enferma no dejó de dar vueltas durante el resto de su vida, y a la que Bernard se plegó sin demasiado problema. Ninguno de los dos dejó de amar al otro, pero ese muro persistió para siempre a pesar, como a veces ocurre, de haberse levantado en el momento más inesperado, producto de un extraño y desagradable incidente que el lector sabe que ha ocurrido, pero desconoce en qué consiste hasta cerca del final.
Sin mucha atención a lo cronológico, Jeremy va contando sus encuentros con los dos ancianos, escarbando en sus memorias, y por ahí vamos viendo pequeñas grietas, sospechando que algo se rompió, intentando juntar las piezas para tener un dibujo coherente sin conseguirlo del todo. Y es cuando el narrador vuelve a la casa familiar cuando brota finalmente la antigua verdad, como si estuviera anclada a la tierra donde ocurrió. Se ve que McEwan dosifica la información y la coloca donde quiere, y el recurso está bien manejado y es eficaz, porque entretanto va añadiendo elementos que enriquecen la historia, como las experiencias propias de Jeremy, o la sombra proyectada por la realidad histórica, desde las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín. Y lo que sabemos que es el estallido central del relato se mantiene oculto y sólo podemos ver sus efectos.
Hay también otros síntomas de buena literatura: personajes interesantes, con la complejidad poco llamativa pero real de cualquier individuo corriente; un hilo de ironía muy fina, tenue, no necesariamente ‘inglesa’, que recorre todo el relato; una distancia media entre el narrador y sus protagonistas, que pone en valor sus relaciones y da autenticidad a la historia. Pero la destreza del autor se manifiesta sobre todo al abordar escenas concretas: hay dos o tres situaciones de enorme tensión, muy duras, que se resuelven con maestría, sin perder el ritmo ni el pulso de la narración, lo que habla muy bien de la capacidad de un escritor para tener su relato siempre calibrado y bajo control.
A cambio, a la novela le falta quizá una estructura más sólida. De las confesiones y andanzas de June y Bernard sólo nos interesan cosas parciales, quizá lo que cuentan no dé para las páginas que ocupa, el relato parece tomar caminos diferentes que luego quedan más bien en poca cosa. De esta forma queda un texto algo gaseoso, sin que sepamos bien qué es exactamente lo que McEwan quiere contar. Esa endeblez del conjunto da lugar a que el interés del lector quede a ratos diluido, y sólo esas escenas potentes pero aisladas nos permiten recuperarlo de tanto en tanto. Vale que podríamos pensar en la huella de toda una vida (dos, en este caso), con su correspondiente carga de encuentros y desencuentros, de vacíos y llanuras emotivas, pero en todo caso la sensación que queda es la de un relato que podría tener bastante más peso, algo que parece escrito sin un plan determinado, sin un objetivo, aunque, eso sí, brilla la mano del escritor para narrar hechos concretos. Una historia un pelín deshilachada pero, con todo, recomendable.
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