Javier Ceballos Jiménez: Ryan Roberts: Conversaciones con Ian McEwan

Idioma original: inglés
Título originalConversations with Ian McEwan
Traducción: María Antonia de Miquel
Año: 2019 
Valoración: Interesante

Antes de nada, debo advertir acerca de mi alto riesgo de subjetividad a la hora de hablar de Ian McEwan —ya que su escritura y su forma de mirar el mundo resuenan en mí de un modo especial— y, especialmente, a la hora de hablar de este libro —ya que tengo el placer de conocer a la traductora, María Antonia de Miquel—. Aun así, voy a tratar de aportar una visión lo más crítica posible. 

Resumen resumido: catorce entrevistas realizadas a Ian McEwan por diferentes personalidades del mundo de la literatura y la cultura (periodistas, escritores, etc…) en diferentes momentos a lo largo de cuarenta años de profesión. En ellas se tratan todos los temas que han marcado su obra literaria y su manera de entender el oficio de la escritura.

En general, tengo la opinión de que las recopilaciones de entrevistas a escritores más o menos consagrados se enfrentan a dos perfiles de lector: 
  1. El que NO tiene el menor interés por el autor o su obra y que, por tanto, no va a invertir su tiempo en leer ni una sola entrevista por mucho que alguien —en este caso, yo— se enteste en recomendarla. 
  2. El que SÍ tiene interés o curiosidad por el autor o su obra y que el único modo de que la lectura le decepcione es que las entrevistas sean previsibles, que el autor no se implique o que el editor no haya seleccionado el material adecuadamente. 
Y por todo lo que alegaba al principio, era altamente probable que Conversaciones con Ian McEwan no lograra saciar toda mi hambre de conocimiento, pero sí he disfrutado de su lectura. La entrega y la solvencia de Ian McEwan en calidad de entrevistado es indiscutible; al parecer concede muy pocas entrevistas pero en ellas se trasluce su enorme cultura y su curiosidad hacia el mundo que le rodea: la música, la ciencia, la geopolítica y, cómo no, la literatura: 
«(…) si algo hemos aprendido acerca de la literatura contemporánea es que no hay normas; no hay normas de gusto común. En una misma habitación puedes encontrarte con dos personas perfectamente inteligentes y cultas que hayan leído el mismo libro, y uno pensará que es un desastre de principio a fin, mientras que el otro opinará que es una obra maestra. ¿Cómo es posible que ni siquiera tengamos una opinión común de cómo ha de ser una frase bien hecha? No hay nada, no tenemos nada en que apoyarnos, y no sirve de nada intentar solucionarlo votando ese tipo de listas que sale en los periódicos.» 
Recuerdo lo abrumada que me sentí cuando leí La Frantumaglia, por el desarrollo y profundidad que Elena Ferrante le daba a todas y cada una de sus respuestas, pero se trataba de entrevistas realizadas por escrito. No es este el caso en el que, aunque hay una labor —necesaria— de edición, Ian McEwan expone unos argumentos de calado con una gran capacidad de comunicación y muchísima soltura. Y además, no tiene pelos en la lengua: 
«Pienso que la insistencia de los hombres por mantenerse en el poder, tanto en el ámbito de las relaciones sentimentales como en el social, está basada en el miedo, en un miedo a ser fagocitados, en un miedo que tal vez hunda sus raíces en haber dependido de una mujer cuando eran niños. No me explico qué otra cosa puede producir tantas violaciones, tanta violencia, si no es que hay algo en las mujeres que los hombres identifican como una amenaza a su existencia (…)» 
Por otra parte, Conversaciones con Ian McEwan me ha ayudado a comprender cómo alguien que escribe ese par de maravillas tan distintas que son Expiación (nota mental: no hay reseña de Expiación en ULAD) o Chesil Beach (imprescindible, contra lo que opinó en su momento mi colega Francesc), es capaz de escribir después otras de peor calidad y que, en general, se han considerado desacertadas. Y es que la trayectoria literaria de Ian McEwan suele generar controversia; los adjetivos se superponen —se dice de él que es «irregular» o que es un «artesano»– haciendo todavía más compleja su catalogación, si es que tal catalogación es posible. 

Mi conclusión tras leer estas entrevistas es que Ian McEwan es un escritor mucho más intuitivo de lo que parece, al menos en sus primeros pasos con cada obra, tal como describe su proceso creativo muestra una gran seguridad en esa brújula interior de la que tantos escritores hablan. Y a eso hay que sumarle que, a diferencia de otros, no repite una fórmula por muy bien que le haya funcionado, si no que está en continua evolución, en busca de nuevas formas de abordar lo que más le interesa: los conflictos en las relaciones personales, desde la escala más íntima de una pareja hasta la escala global de una guerra mundial. Que realice experimentos fallidos forma parte de su trabajo, como del de cualquier otro creador; quizá el problema esté en que dichos experimentos acaben publicados.


Pero a pesar de todo lo dicho, hay una serie de aspectos en Conversaciones con Ian McEwan que me han resultado más flojos:
  • Las entrevistas (incluso las más recientes) hacen en general más hincapié en las obras de los primeros años porque eran las, aparentemente, más controvertidas. En mi caso, por ejemplo, estoy más interesada en las obras más recientes que se mencionan mucho menos.
  • Algunos entrevistadores —escritores— plantean la entrevista como un tú a tú en el que ellos y sus experiencias tienen casi tanto protagonismo como el entrevistado.
  • Las disertaciones alrededor de los grandes temas (como la ciencia o la religión, por poner algunos ejemplos) están muy bien pero me ha faltado un poco más de concreción a la hora de vincularlos a la obra del autor.
  • Me hubiera gustado que alguien le preguntara a Ian McEwan a qué atribuía él las malas críticas recibidas por Cáscara de nuez, por ejemplo. Creo que las entrevistas cordiales también tienen que poder tratar las cuestiones menos cómodas y tengo que decir que eso no se produce en ningún pasaje de este libro.
Y no obstante, me reitero en mi valoración de interesante, creo que la mente de un buen escritor que se toma en serio su oficio siempre es un lugar digno de conocer, aunque sea de visita. 


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