Javier Ceballos Jiménez: Alberto Laiseca: El gusano máximo de la vida misma

Idioma original: Español  
Año de publicación: 1998
Valoración: Delirante

El gusano máximo de la vida misma es una auténtica locura. Pero, ¿de qué me sorprendo? Alberto Laiseca, su perpetrador, estaba mal de la chaveta. En el buen sentido, claro. De veras: lo que no se le ocurriera al Maestro, no se le ocurriría a nadie.

Una pregunta: ¿qué os sugiere el título de esta novela? A mí me hizo pensar en una obra delirante en fondo y desprejuiciada en forma. La ilustración de la cubierta de la edición de Tuquets sólo ayudaba a cimentar esta idea. ¿Creéis que acerté? Huelga decir que sí. 

Al fin y al cabo, leyendo este libro, uno no sabe si le están tomando el pelo o si es cómplice de una broma épica. Así de mal escrito está. Su argumento, por otro lado, es un despropósito sin pies ni cabeza. 

Pero tampoco os penséis que me estoy quejando. Y es que El gusano máximo de la vida misma es, por decirlo de algún modo, una gamberrada entretenida. Una que en ningún momento intenta ocultar que lo es. De hecho, uno de los principales aciertos de esta ficción es no tomarse en serio a sí misma. A fin de cuentas, las cotas de auto-parodia que alcanza este texto son altísimas. 

Además de ser “self-aware”, El gusano máximo de la vida misma reconoce su condición. Pide disculpas al lector por sus excesos, ya sea explícita o implícitamente; reconoce en múltiples ocasiones que está narrada de forma atroz; señala impúdicamente sus fallos... 

¿A qué fallos me refiero? Pues al escenario intercambiable, por ejemplo. En ningún momento queda claro si el relato transcurre en Nueva York o en Buenos Aires. Otro defecto que me viene a la cabeza: la puntual pereza de Laiseca, que le impide explayarse en asuntos de vital importancia para la coherencia o legibilidad de la trama. ¿Y qué hay de todos los detalles innecesarios que salpican estas páginas, metidos con calzador y a sabiendas de que son inútiles?

Por todo lo dicho, puede parecer que esta es una novela pésima. Sí y no. No voy a negar que una obra mal escrita, por más que lo sea de forma intencionada, está, a fin de cuentas, mal escrita. Pero, al mismo tiempo, me parece que El gusano máximo de la vida misma no está exento de sustancia. Dicho de otro modo: para mí, esta novela es un divertimento superficial que, asimismo, tiene cierto interés literario.

No en balde me recuerda a El alma de Gardel, de Mario Levrero. Ambas novelas son, aparentemente, insustanciales, pero es innegable que rebosan genio. Sus autores se nutren descaradamente de la literatura “pulp” más mediocre, de la serie B más infecta, para moldear a su antojo un descabellado argumento. Y dar, de paso, lecciones de escritura a quien sea capaz de cogerlas al vuelo. 

Llegados a este punto, tampoco quiero que parezca que El gusano máximo de la vida misma es para todo el mundo. Si no te gusta la narrativa experimental y algo “pulp”, aléjate de él. Si te ofende el humor negro, con ramalazos misóginos o racistas, pásalo de largo. Luego no digáis que no os lo he advertido. 

Dicho lo cual, vayamos al argumento del libro. Bueno, bien mirado, aquí no vamos a encontrar un argumento. Al menos, uno al uso. Porque la trama principal parece más bien una suerte de excusa con la cual Laiseca pretende unir retazos de lo más dispares, cuyas junturas, muchas veces, ni siquiera se molesta en pulir. Esta es, por tanto, una historia fragmentaria, que se construye mediante el ensamblaje de trozos dispersos, no siempre emparentados entre ellos.

Por esta razón, uno tiene la sensación de que la novela va creciendo y creciendo de manera caótica. Improvisada, incluso. Pero tampoco os penséis que Laiseca se abandona completamente al azar. Al mismo tiempo, el autor deja claro que planifica ciertos aspectos. No es casualidad que reincida en el uso de algunos recursos. Como resultado, pues, tenemos un texto aparentemente deslavazado pero compacto a su manera. 

El gusano al que hace referencia el título de esta ficción, guiño a las películas de monstruos más casposas imaginables, es el protagonista. O algo parecido. Este ser, antiguo, poderoso, consumado violador de mujeres, conocerá, a lo largo de estas páginas, a una galería de personajes la mar de pintoresca: un necrófilo escapado de otra novela, ex prostitutas, una Reina de las Cloacas que recita incansablemente a Shakespeare, un científico nazi que es racista hacia los blancos (sic)...

Así pues, de El gusano máximo de la vida misma resaltaría:  

  • Su planteamiento, ocioso pero no por ello exento de cierta profundidad. 
  • Su naturaleza de artefacto literario. La experimentación en esta novela nos entrega: fluctuación de formatos narrativos, apropiación de personajes literarios ajenos, recuerdos del propio Laiseca, disertaciones de corte absurdo... 
  • El acabado "naif" de toda la propuesta, la mar de simpático. 
  • Que todo el tiempo nos pilla por sorpresa. Y es que Laiseca no deja de superarse, gamberrada tras gamberrada.
  • La prosa de Laiseca, que alterna el uso de onomatopeyas, muletillas y palabras inventadas con ese tiempo verbal tan carca, el futuro simple. 
  • El narrador (que no deja de ser el propio escritor) y su tremendo carisma. Durante la mayoría del relato se muestra informal, juguetón, y rompe constantemente la cuarta pared. 
  • El humor chusco que asoma de tanto en tanto a lo largo del relato y funciona prácticamente todo el tiempo. 
  • La erudición (nada jactanciosa) que demuestra el autor a través de estas páginas. Referencias literarias, mitológicas, culturales, históricas  y filosóficas abundan en esta narración, pero como ésta no se toma en serio a sí misma, esta pátina de intelectualidad no desentona en absoluto. Lo mismo con las constantes citas a Shakespeare. La desmitificación a la que se somete al dramaturgo es tal que su presencia en un dislate como El gusano máximo de la vida misma no se antoja pretenciosa. Además, no podía ser de otra manera. A fin de cuentas, “Hoy sólo los marginales citan al Bardo.” 

Como veis, hay muchos aspectos positivos a reivindicar en esta narración. Pero tampoco os penséis que está libre de defectos. A bote pronto, se me ocurre que: 

  • Algunos pasajes de la novela se hacen algo pesados. Uno en que Laiseca habla de las cloacas de Nueva York y Buenos Aires, por ejemplo (aunque hay que reconocer que está plagado de chistes y de anécdotas la mar de curiosas). U otro en que divaga sobre de gallos y gallinas.  

Todo esto en menos de ochenta páginas. Ochenta páginas que se leen en un santiamén y que, contra todo pronóstico, perduran en el lector. Eso sí: conseguir este libro no es nada fácil. Al menos, un ejemplar físico. Actualmente está descatalogado, y los especuladores han inflado su precio en el mercado de segunda mano, como viene siendo costumbre. Yo os recomiendo tirar de Lectulandia y leerlo en PDF. 


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