Javier Ceballos Jiménez: José María Conget: El mirlo burlón
Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Recomendable
“Cuando estemos en el tiempo de las cerezas / silbará aún mejor el mirlo burlón. / Pero es muy corto el tiempo de las cerezas…”. Son versos de Le temps de cerises, la canción inspirada en la Comuna de París, la sublevación del movimiento obrero que tomó el poder en la capital del Sena entre marzo y mayo de 1871, duramente aplastada por el Gobierno y el Ejército francés. Una utopía frágil y efímera que apenas deviene recuerdo, tan lejano como dulce.
Zaragoza, 1974. Tres estudiantes universitarios van a iniciar un seminario de filosofía coordinado por un joven jesuita al que en el último momento se incorpora Alicia, hija de un exiliado español en Londres, con más películas vistas, libros leídos y amores consumados que el cuarteto de lerdos, torpes y tiernos varones. Una encrucijada de afectos, ímpetus y ambiciones infestada de lecturas, teorías, poses, películas, anhelos, deseo, vergüenzas, fantasmas, impericia y fatuidad. Y ahora, décadas después, van a reencontrarse por primera vez. Quizás aquel tiempo, vivido con graníticas creencias y demasiadas urgencias, con bastante miedo y demasiados miedos –al Régimen, a los demás, a uno mismo- haya sido a fin de cuentas uno de los saldos más preciados que hayan deparado unas existencias cuyo balance sea poco más que frustración, mediocridad y mezquindad. Quizás aquellos años no tuviesen el lustre y la enjundia que se anheló, pero quizás también lo que llegó después los mejoró, añadiéndoles valor.
José María Conget (Zaragoza, 1948) traza en esta novela un retrato de aquel tiempo en el que la voluntad de transformación y cambio se enfrentaba y se atascaba ante unas estructuras políticas, sociales y culturales pétreas, plomizas. Tiempo burbujeante y excitante al que –una vez más- se le puede aplicar aquello tan socorrido de que lo nuevo no terminaba de llegar mientras lo viejo se agarraba a su preeminencia, obstinado y cerril. Tiene, por tanto, esta novela un algo de ajuste de cuentas, personal y generacional. De acuerdo, aquello acabó en fracaso, un quiero y apenas puedo colectivo, pero lo de hoy, esta orilla ramplona y desabrida donde la vida ha depositado a los protagonistas, hace de aquel momento, de aquellos años, un instante mágico, donde todo fue posible, el cruce desde el que arrancaron todos los caminos, la olla donde se cocieron todos estos guisos, el instante en que la verdad y la belleza se rozó con la punta de los dedos.
De José María Conget, autor al que creo que no se le otorga la atención que merece su dilatada y fecunda trayectoria, me atrae especialmente la escritura pulcra y precisa, esa manera de narrar ligera, ágil; esos chorros de pensamiento fluido e intenso, los diálogos incrustados en los párrafos, profundos y veraces, la manera de rescatar recuerdos tóxicos, embarazosos, ridículos, para engarzarlos con precisión en la construcción de los personajes, complejos y creíbles, genuinos y representativos. Mi favorito es, sin duda, el de Alicia, la única mujer entre el quinteto de protagonistas, que funciona así, “en el fondo quizás nadie quiere a nadie, pensó, y el amor es una burbuja emocional, un gas del corazón que se resuelve en ventosidades dolorosas”. Desde luego, la novela inocula ese sentimiento de pérdida, de desasosiego, de vacío y de lucidez, de así es como las cosas han sido, como son,
Por siempre amaré el tiempo de las cerezas.
Es de ese tiempo del que guardo en el corazón
una herida abierta.
Es de ese tiempo del que guardo en el corazón
una herida abierta.
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