Javier Ceballos Jiménez: Delphine de Vigan: Las lealtades
Idioma original: francésTítulo original: Les loyautés
Año de publicación: 2019
Traducción: Javier Albiñana
En 2015 Delphine de Vigan publicó Nada se opone a la noche rompiendo todos los esquemas y nos dejándonos con la boca abierta. Personalmente, no suelo obsesionarme con los autores/as de las obras que me gustan si no que mis lealtades —je—, suelen ceñirse más bien a las obras en sí y, tal vez por ello, empecé a leer su última novela con el recelo del que no quiere llevarse una desilusión. Olvidaba que Delphine de Vigan es muy capaz de arrancar una novela con suma genialidad y sin necesidad de utilizar los recurridos ganchos:
«Las lealtades.
Son lazos invisibles que nos vinculan a los demás –lo mismo a los muertos que a los vivos–, son promesas que hemos murmurado y cuya repercusión ignoramos, fidelidades silenciosas, son contratos pactados las más de las veces con nosotros mismos, consignas aceptadas sin haberlas oído, deudas que albergamos en los entresijos de nuestras memorias. Son las leyes de la infancia que dormitan en el interior de nuestros cuerpos, los valores en cuyo nombre actuamos con rectitud, los fundamentos que nos permiten resistir, los principios ilegibles que nos corroen y nos aprisionan. Nuestras alas y nuestros yugos. Son los trampolines sobre los que se despliegan nuestras fuerzas y las zanjas en las que enterramos nuestros sueños.»
Resumen resumido: Hélène es una introvertida profesora de instituto que, sin embargo, muestra una gran implicación hacia la causa educativa y sus alumnos. Cuando Théo, un tímido chico de doce años, aterriza en la clase de la que ella es tutora, Hélène cree ver en él algo que la remonta a las miserias de su propia infancia.
No es casualidad que el título enuncie directamente el tema de la novela y que el prólogo presente abiertamente la cuestión en forma y en fondo. Delphine de Vigan sabe muy bien el tipo de artefacto narrativo que tiene esta vez entre manos y está tratando de transmitirle al lector dos mensajes:
- Esto es lo que yo hago (y lo hago así de bien).
- La historia que te voy a contar va de ilustrar desde la ficción una faceta muy concreta del comportamiento humano.
Por ello nos encontramos frente a una novela de apenas doscientas páginas que es un ejercicio puro y conciso, casi como un relato largo. Todo juega un papel en esta narración en la que no sobra nada y donde la subtrama (en singular) sobre los padres de Mathis, es una pequeña ramificación necesaria para el desarrollo del conflicto principal. Porque la tesis que la autora quiere demostrar es cómo las lealtades que nosotros mismos hemos urdido nos rigen para bien o para mal y sin que nos percatemos. En la trama, todas las relaciones —entre padres e hijos, entre los miembros de una pareja e, incluso de uno con uno mismo— se basan en la lealtad (mejor o peor entendida) o en la total falta de ella. Por ello Las lealtades es un maravilloso viaje de descubrimiento de los mimbres más íntimos de la conducta humana que, a su vez, invita a la reflexión.
Así como Nada se opone a la noche era autobiográfica y por ello era un ejercicio casi orgánico en el que el sufrimiento de la autora y protagonista impregnaba todo el relato, Las lealtades parte de un planteamiento muy distinto, con una mayor distancia narrativa que otorga más espacio para la disección e incluso para la ironía. Hay dos narradores, uno en primera persona que es la voz de Hélène y otro en tercera persona que focaliza en Théo, Mathis (su amigo) y Cécile (la madre de Mathis). Los capítulos son cortos y en cada uno estamos en el punto de vista de alguno de esos personajes de manera que la trama y el conflicto se van completando y enriqueciendo con sus aportaciones. Reconozco que al principio de la lectura tuve serias dudas sobre el interés de mostrar el punto de vista de Cécile en esta historia, pero el personaje ha resultado ser un grato descubrimiento y una pequeña válvula de escape entre tanta miseria.
Quizá para disimular un poco mi —ya sí— total veneración por la autora, voy a ponerle una pega a Las lealtades: su final abrupto. El clímax y el final propiamente dicho se superponen de manera que el lector se siente de pronto empujado fuera de la historia. No tengo ninguna duda de que se trata de un efecto buscado, que además es interesante y coherente, pero como lectora tengo el derecho al pataleo y, por tanto, lo ejerzo.
Así que Muy recomendable por su planteamiento, por su concisión, por esa manera de entretejer las palabras con sencillez, riqueza y hondura y, sobretodo, porque hoy día abundan los libros mediocres y obras como esta te reconcilian con el universo editorial. Así, sí.Ya para acabar, me crucé por casualidad con la cubierta de la edición francesa e hizo que me preguntara hasta cuándo Anagrama nos va a seguir castigando con esas cubiertas color mayonesa baja en calorías.
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