Javier Ceballos Jiménez: Gonzalo Maier: Hay un mundo en otra parte

Idioma original: inglés
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable

Una pequeña reflexión inicial sobre el relato como género o estilo o pretexto de introducción a la condición de autor a costa de una exposición de perfil bajo.
La solapa de este libro menciona libros anteriores de Maier, que no he tenido la oportunidad de leer. Es decir; no sé si son ficción ni de que tipo o ensayo. Hay uno que se llama Leyendo a Vila-Matas, que no voy a negar me despierta cierta simpatía simplemente por su título. Pero vayamos a lo que planteaba. El relato, más concretamente el recoger varios de éstos y empaquetarlos en un libro, empieza a resultar repetitivo como género de acceso a la obra de un autor, y también como instrumento del autor para acceder ("presentarse") al gran público.
Bueno, al público. Que somos cuatro gatos, córcholis.
Y habrá quien diga que no: que usar la imaginación para generar varios textos (aquí, ocho) es más complejo que ceder al tentador gancho de tomar una buena idea y alargarla noventa, cien páginas, llamarla nouvelle, compartirla con algún editor proclive a encontrar savia nueva. Perdonaréis que disienta, yo nunca llevo la contraria, pero empieza a resultarme demasiado repetitivo ese recurso (Maier no tiene la culpa de quienes le preceden ni de quienes le seguirán) de escoger textos de diversos tipos, buscar alguna argamasa unificadora y presentarse ante el mundo con algo que podemos llamar obra.
Todas las cursivas son mías.
Los personajes de Maier en Hay un mundo en otra parte son casi siempre seres solitarios o con relaciones de pareja en oscuros segundos planos. Pueblan esos cuentos que juguetean con estructuras clásicas y con alguna ligeramente más osada, curiosamente en experimentos ligeramente vanguardistas que son los que me parecen más discretos. Maier se ve más cómodo en textos que apuntan hacia lo ligeramente surrealista. En el relato inicial, el brillante Un año más o menos largo, un hombre se muda a un apartamento desde el que observa un patio con gallinas. Ahí Maier despliega influencias no suscritas al cosmos literario sudamericano, y cualquiera diría que ese observador desde la ventana podría ser un personaje de Auster desplazado del entorno urbano. Es el texto que da cuerpo al libro y quizás algún escritor más descarado lo hubiera alargado y aderezado, me refiero al párrafo anterior, y algún crítico de estómago agradecido lo hubiera colmado de elogios y hubiera convertido al grupo de gallinas observado en una especie de analogía social de aires kafkianos.
El profesor que se prenda de una activista en Dos o tres apuntes sobre el maoísmo está más cerca de otros universos literarios, algo más corpóreo y sensual e incluso con un cierto escoramiento hacia ciertos perfiles de personaje cercanos a lo obseso o a lo perverso.
Pero la cuestión es: los autores que optan por el relato corto saben que el lector les va a perdonar algún desliz, cuentan con comprensión o condescendencia y parece que a veces se conformen con mantener un promedio digno. Como los centrocampistas que no fallan un pase ni pierden una pelota, pero tampoco hacen gran cosa más. Comprended el símil algo ajeno. Maier escribe bien, sus buenos relatos se disfrutan, para aquellos que no nos gusten disponemos del skip, no hace falta abandonar sino que es suficiente con ver si el siguiente nos gusta. Quizás no sea el libro más apropiado para poner estos ejemplos. Pero las cosas son así.


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