Javier Ceballos Jiménez: Marc-Uwe Kling: QualityLand

Idioma original: inglés
Título original: QualityLand
Traducción: Carles Andreu Saburit (ed. en castellano) y Ramon Farrés (ed. en catalán)
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

Creo poder afirmar, que la mayoría de nosotros asiste expectante al avance inexorable que la sociedad está realizando en términos de desarrollo tecnológico. Y creo poder afirmar también que, a muchos de nosotros, más allá de lo que la tecnología nos ofrece, nos inquieta el uso que se le está dando, sin ser conscientes de ello (o tal vez siéndolo) y el camino que se está trazando hacia un futuro que debería preocuparnos.

En esta novela, Marc-Uwe Kling nos retrata, de manera satírica, una sociedad en el futuro (un futuro que preveo más próximo de lo que me gustaría), una sociedad marcada irremediablemente por la tecnología, pero no como instrumento para nuestro beneficio, sino dirigida por criterios algorítmicos creados por personas con intereses que distan mucho de ofrecer la mejor calidad de vida que en principio prometían. Porque siempre hay motivos ocultos disfrazados de facilidades. Es el siglo de las redes sociales y la tecnología; está por ver si también lo será de nuestro abandono como humanidad.

Con los avances tecnológicos en mente, y con un estilo divertido, mordaz, satírico y dócilmente punzante, el autor nos lleva a un mundo ubicado en un futuro no muy lejano, a QualityLand, una ciudad tecnológicamente avanzada, con coches sin conductor, con una tecnología que se encarga de todos los detalles hasta el punto de conocer los deseos inconscientes de sus habitantes antes de que el propio ser humano tenga consciencia de ellos; una ciudad plagada de sirvientes tecnológicos avanzados que piden la comida que supuestamente deseas antes incluso de que seas consciente de ello… un mundo lleno de facilidades, siempre que uno se ajuste al esquema establecido.

Porque QualityLand induce ofrece un sinfín de facilidades para la vida diaria de sus ciudadanos: reconocimiento facial para identificarse, aplicaciones para encontrar la pareja perfecta (QualityPartner), sistemas para evaluar y clasificar a cada ciudadano en varias categorías como formación o salud, que proporciona puntos en función de quien eres y como te comportas (RateMe) y, a más puntos, más ventajas respecto a los demás (a la hora de reservar mesa o incluso llamar al ascensor, previo pago de una serie de créditos que se recuperan a mayor velocidad cuantos más puntos tienes). Todas las acciones de una persona son automáticamente procesadas para premiar a aquellos ciudadanos que se comportan como deben (o como el sistema cree que deben) y castigar a los que son menos útiles a la sociedad. Este aspecto me ha recordado lo que se hace en Rongcheng, en la región de Weihai (China), en la que se implantó un sistema de crédito social para luchar contra las actitudes incívicas de modo que los ciudadanos son evaluados a través de un sistema de puntuación (otorgado también por los propios conciudadanos) de manera que se puede valorar la honestidad y el civismo de cada individuo y otorgarle diferentes privilegios o restricciones en función de esa valoración (lo que vendría a ser el capítulo “Nosedive” de Black Mirror pero en versión terroríficamente real).

Así, la sociedad que retrata Marc-Uwe Kling ofrece a priori todo un conjunto de aplicaciones para facilitar el día a día de sus ciudadanos, como la implantación de chips hormonales para calmar bebés, canguros robóticos para niños que graban un resumen de los mejores momentos del día para que puedan verlos sus padres y tener la sensación que no se pierden nada (pero con el riesgo de que les pasen anuncios a la que se despisten), aplicaciones que te envían a casa productos que el sistema cree sabe que necesitas o deseas, pero… ¿qué ocurre cuando el sistema se equivoca? ¿cómo una persona puede luchar contra ello, para defenderse, para recuperar su integridad, defender su forma de ser, reivindicar sus necesidades reales o conseguir de nuevo cierta privacidad?

Porque, en el fondo, el libro trata sobre el siguiente dilema: ¿qué ocurriría si nuestro perfil en las redes no corresponde con quienes realmente somos, que ocurriría si nos encasillan en una calificación personal que nos presenta el mundo en base a una categorización incorrecta? ¿Nos sentiríamos cómodos ahí? ¿Iríamos cambiando nuestro comportamiento para adecuarnos al perfil o lucharíamos contra el sistema? ¿Somos quienes creemos que somos o quienes ellos nos han hecho creer que somos?

Estas son las reflexiones que la lectura de QualityLand nos deja, un futuro distópico lamentablemente no tan lejos de la realidad. Porque tratando diferentes aspectos de nuestro día a día en la sociedad, el libro toca diferentes áreas que nos acompañan en nuestras vidas, desde el periodismo basado en clickbaits (eso ya no es distopía, es una realidad), a la política sin escrúpulos ni emociones o a la vida íntima que, controlada por la aplicación de QualityPartner te avisa incluso sobre cuando uno debe volver a casa antes de que lo haga la pareja y te pille en una infidelidad o notificar a través de QualityCare la rotura con tu pareja a través de la aplicación (rotura que la propia aplicación ha aconsejado al encontrar una pareja mejor, al menos según la información que la aplicación recaba). Porque lo que plantea el libro es una destrucción inexorable de la privacidad, de las libertades, de las opciones y el libre albedrío. Todo ello narrado con humor, sí, pero también con un poso de angustia que va calando en el lector que, a cada tic espontáneo provocado por una sonrisa inconsciente le acompaña un click mental que el avisa que no es todo tan divertido.

Con un estilo dinámico, atrevido y cómico, Kling expone y muestra un futuro (puede que no tan lejano) donde la superficialidad y el egoísmo aparecen en primer plano para establecer los parámetros bajo los cuales la funciona la sociedad, una sociedad que ha quedado a expensas de grandes corporaciones que, bajo una supuesta prestación de facilidades, controla y dirige la vida de sus usuarios.

A pesar de una duración algo excesiva, una línea argumental que sirve únicamente de vehículo para sustentar tales reflexiones y una narración interrumpida por anuncios publicitarios que rompen el relato, el libro se lee con interés y avidez. Mordaz y divertido, el libro que ha escrito plasma de manera evidente y diáfana una sociedad encaminada a la pérdida total de la noción consciente de la personalidad y la diferencia, la espontaneidad y el libre albedrío, dejándose guiar y conducir por una serie de algoritmos y programas que conducen las cada vez más vacías vidas al arcón donde se encuentran sus más ambicionados beneficios.

Tras la lectura uno se da cuenta que ha disfrutado pero el poso que deja es de cierto desasosiego y un sinfín de ideas preocupantes que se me vienen a la cabeza, a bote pronto: ¿Qué pasaría si blogger decidiera aumentar de manera automática el número de visitas para que los blogs no cerraran? Sabiendo que quien diseña las aplicaciones de redes sociales lo hace siguiendo el modelo de tragaperras de pequeñas recompensas de manera aleatoria, ¿qué pasaría si Twitter decidiera hacer FAVs o RTs automáticamente de gente que te sigue, pero sin que ellos lo supieran, solo para mantenerte enganchado a la red en periodos con poca interactividad? ¿Qué ocurriría si, pongamos en medio de una pandemia, Google se dedicara a mostrar principalmente noticias positivas para mejorar el estado de ánimo de la gente? ¿Qué ocurriría si, buscando billetes u hoteles, el precio que se nos muestra fuera en función de nuestro nivel de ingresos? Podría pasar todo esto (incluso podría estar pasando) y, la cuestión es, no ya si nos parecería bien o no, sino si nos daríamos cuenta de ello.

Es posible que lo que retrata Marc-Uwe Kling en esta divertida pero preocupante novela sea una distopía partiendo de la tecnología actual y llevándola al extremo. Pero, ¿y si no se trata de una serie de ideas llevadas al extremo, sino simplemente el siguiente paso hacia un futuro en el que perdemos el control de nuestras vidas? ¿Y si ese límite está mucho más allá? ¿Seremos capaces nosotros de sacrificar la comodidad que ofrecen estas aplicaciones hasta el punto en el que ya no tengamos que cuestionarnos si debemos hacerlo? ¿Llegará un momento en que ya aceptaremos sin tan siquiera reflexionar la total invasión a nuestra privacidad? ¿Dejaremos algún momento de ser conscientes de lo que hacemos? ¿Dejaremos en algún momento de decidir sobre nuestras vidas? ¿Llegaremos algún día a renunciar ser nosotros mismos?



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