Javier Ceballos Jiménez: Celeste Ng: Todo lo que no te conté
Título original: Everything I Never Told You
Traducción: Laura Vidal
Año de publicación: 2014
Valoración: Está bien
No sé qué pasa últimamente, pero en cada novela que empiezo me encuentro un cadáver flotando en las aguas. En la de Alexander Trocchi era un río o canal de Escocia, aquí será un lago en Ohio. A decir verdad, es una escena más o menos recurrente en la ficción, porque le da al relato un comienzo impactante y, como generalmente se tratará de un thriller, el cuerpo sumergido (o emergido) transmite la sensación de total impunidad: es más complicado encontrar pistas, difícil que alguien haya visto algo, las pruebas se diluyen en el agua con el paso del tiempo… Todos son ingredientes que alimentan la sensación de vacío, soledad, desolación. Hablando de Trocchi recordaba la memorable escena inicial de Twin Peaks (ese episodio piloto es de las cosas más extraordinarias que se han visto nunca en una pantalla, pequeña o grande), pero en el caso de Todo lo que no te conté los elementos de ese punto de partida se parecen todavía más.
La tragedia tiene como víctima a Lydia, la hija adolescente de la familia Lee, cuyo padre, profesor universitario, es de origen chino aunque norteamericano de nacimiento. Salvo por la diferencia étnica, los Lee parecen la típica familia americana media viviendo en un pueblo más bien pequeño del Medio Oeste. La muerte de Lydia dará lugar al esperado proceso de investigaciones para conocer la causa y en su caso al responsable pero, como a veces ocurre, la narración no se centra directamente en lo ocurrido, sino que se va abriendo a otras cuestiones porque, a pesar de la imagen inicial, esta no es una novela policiaca. La autora suministra informaciones que efectivamente pueden ser pistas, o pistas falsas, o bien datos que parecen no tener relación con el caso pero que pueden contener otros puntos de interés. Centrándonos en los dos personajes en principio más relevantes, encontramos:
- El problema racial: como decía, el padre de la fallecida es oriental y, aunque aparentemente integrado en la sociedad norteamericana, nunca ha dejado de notar cómo los demás le hacen sentir diferente. Partiendo de la dura historia familiar –los padres chinos que emigraron para desempeñar trabajos marginales en los años 50- el profesor Lee asume de forma más o menos inconsciente ese estatus de extranjero, y está obsesionado porque su hija, también de rasgos asiáticos, sea una más en su entorno, presionándole para conseguirlo de forma subrepticia pero perceptible
- El rol femenino de la madre: la madre arrastra otra profunda frustración, porque siempre soñó con ser médico, mientras su familia le empujaba a asumir el papel clásico de madre, cocinera y mujer de hogar, dedicada al cuidado de un marido y una prole. Aunque intenta emprender su propio camino, la mujer pretenderá finalmente que sea Lydia quien alcance su sueño por ella, poniendo en ello todos los medios a su alcance.
Así que tenemos drama familiar de envergadura, con padres insatisfechos con sus vidas, que proyectan sus traumas sobre la chica, cada uno a su manera. Con la terrible desaparición de Lydia se reabren las viejas heridas, y a Celeste se le va un tanto la mano hurgando en el dolor del grupo y de cada uno de sus componentes. Porque tampoco son ajenos al cuadro los otros dos hermanos, el mayor, único depositario de las presiones que Lydia sufre sobre sí, y la pequeña, espectadora silenciosa, ignorada por todos y que pugna débilmente por hacerse escuchar.
Como se ve, se está utilizando otro recurso bastante habitual en los relatos de suspense: el cadáver en el centro y una mirada detallada al entorno más próximo, buscando el máximo equilibrio entre los distintos personajes para que nada deje ver quién debe cargar con la responsabilidad. En ese empeño se aplica con esmero la autora, y hasta se diría que con demasiada dedicación, porque incorpora algunos elementos claramente prescindibles, siempre con el objetivo de que la balanza no se descompense de ninguna manera.
Aquel ligero exceso de emotividad y esta querencia un poco exagerada por repartir el mismo número de boletos son quizá los únicos pecadillos que se pueden reprochar a la novela, porque por lo demás está escrita con absoluta pulcritud, utilizando con precisión los saltos en el tiempo, escenarios convincentes para una trama de este tipo –la casa vacía de la abuela, el lago, el coche del vecino guaperas-, personajes impecablemente dibujados y una amalgama equilibrada de puntos de vista e inquietudes personales. Bueno, y una resolución final de cierto efecto estético y bastante lograda, algo que también tiene su importancia en un relato así.
El problema es entonces que con esa perfección técnica la novela se lee con interés, sí, pero no termina de tocar ningún nervio, todo parece tan comprensible, quizá empatizamos demasiado con todos los personajes, falta algo que rompa tanto equilibrio, que sorprenda de verdad. Tiene uno la intensa sensación de no estar leyendo una novela, sino viendo una película, algo un poco más digno que un telefilme de sobremesa, una de esas cintas norteamericanas de factura irreprochable que nos cuentan dramas parecidos a otros tantos. Y de verdad que cuesta creer que no se haya rodado esa película partiendo del libro, porque se diría que estamos viendo cada una de las escenas. Puede que si este libro hubiera sido escrito unas décadas atrás, por ejemplo en esa fecha (que a mí me hace una gracia especial) en que se sitúa la acción, se podría valorar de forma mucho más generosa. Pero es que a estas alturas hemos visto ya tanto que nuestra novela, aunque entretenida y bien escrita, nos suena a algo demasiado conocido.
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