Javier Ceballos Jiménez: José de Arteche: El abrazo de los muertos
Idioma original: castellano
Año de publicación: 1970
Valoración: Muy recomendable
Supe de este título a través de un sobrino, o nieto, del autor, quien lo citaba en otro libro bastante mediocre. No recuerdo qué es lo que entonces me llamó la atención, porque diarios de guerra los hay a montones, quizá fue ese Arteche escrito así, castellanizado (en euskera sería Artetxe), que parecía indicar que estaremos ante algo distinto de lo que a estas alturas es ya el tópico del vasco contando los horrores desde la trinchera chapucera donde defiende a su pequeña patria frente al fascismo y la Legión Cóndor. Y eso que el tal Arteche fue en la República uno de los máximos dirigentes guipuzcoanos del Partido Nacionalista vasco. Pero veamos qué ocurre aquí.
Arteche escribió desde muy joven en la prensa local, tanto en castellano como en euskera, su lengua materna, y se relacionó con numerosos personajes del mundillo cultural vasco. Era por tanto un tipo absolutamente integrado en la pequeña sociedad guipuzcoana de su tiempo, y además de familia carlista, lo que requiere una pequeña digresión. Al menos en Euskadi, los hijos de familias carlistas, o se hicieron nacionalistas, o permanecieron en un carlismo cada vez más escorado hacia el tradicionalismo (sobre todo en Navarra). Ese tronco común y el peso fundamental de la religión en ambos grupos explica las dudas que en ciertos sectores del nacionalismo existieron a la hora de alinearse en uno u otro bando, al menos en un primer momento y hasta la aprobación del Estatuto. Así que Arteche –alguno ya lo habrá adivinado-, unas semanas después del levantamiento militar pasó de dirigente del PNV a engrosar las filas del bando nacional. Un cambio que casi un siglo después nos puede dejar estupefactos, pero que en su momento tampoco fue del todo excepcional. Y un movimiento del que para nuestra sorpresa el libro no da ninguna explicación en absoluto, como si de repente este caballero hubiera aparecido allí, entre los franquistas, caído del cielo.
Arteche escribe entonces un diario que durará los tres años de la guerra, y que podemos leer en dos niveles diferentes, aunque obviamente se solapan. En su aspecto narrativo, se ve que el autor tiene hábito de escribir y lo hace con total eficacia. Como un buen cronista, sobrio pero muy sentido, va describiendo su experiencia primero en el frente del Norte, después en el de Aragón. No interviene en el combate, sino que tiene algún puesto de intendencia que no llega a explicar del todo, y con su relato vamos teniendo noticia de escenarios importantes, como las sucesivas batallas en el avance sobre Bilbao, que me impresionan especialmente porque son lugares que conozco bien (Saibi, Lemoatxa, Bizkargi) y en los que aún hoy pueden verse cicatrices de bombardeos y trincheras. O en las proximidades de Teruel o el Ebro, hasta alcanzar el Mediterráneo. No puede narrar Arteche los episodios de primera línea, pero sí describe admirablemente el ambiente que se encuentra: el estremecimiento ante los bombardeos, los pueblos destruidos, la hostilidad con que son recibidos casi siempre, las iglesias saqueadas, el miedo, los niños hambrientos, naturalmente los muertos que van quedando atrás. El relato es estremecedor, por sincero y sencillo.
Los soldados se emborrachan cuando pueden, buscan permisos para ver a sus familias, comentan en voz baja hasta cuándo durará este horror. Pero no hay en el diario rastro de soflamas políticas, patriotismo desatado ni odio al enemigo, lo que no quiere decir que no lo hubiese en el entorno, pero para Arteche parece no existir. Y aquí entramos en el segundo aspecto del libro. El autor sigue pareciendo que estuviese allí para realizar un trabajo cualquiera y fuese mero espectador de la tragedia (obviamente no es así, era un actor más, aunque no lo sintiese como tal). No habla del enemigo, sino de los otros, el otro lado o, a lo sumo, los rojos. No entiende las razones de tanto dolor, y su mantra es que termine cuanto antes. No hay prácticamente ninguna alusión a la política, solo alguna reflexión recogida además de otra persona: ‘Este es un problema de ideas, que ha degenerado en problema de sentimientos, y contra el sentimiento no hay razones que valgan’. En este sentido, asegura que las mayores dosis de crueldad se cuecen en las retaguardias más que entre la tropa, y puede que no le falte razón. También podría ser que Arteche simplemente se callase cosas para dulcificar su propio entorno, pero pienso que es sincero, y varias veces se refiere a los contactos que en ocasiones mantienen discretamente por la noche las avanzadillas de uno y otro lado, algo de lo que yo había oído hablar en alguna ocasión y no terminaba de creerme.
Es por tanto una visión de la guerra desde dentro, que en mi opinión abre la puerta a reflexiones de mucho peso. Quizá el odio más feroz anida en quienes llevan al país a la guerra o en quienes a través de ella buscan algún objetivo colectivo o personal, y así lo inoculan en los demás; y también en esa zona civil en la que, antes o después del combate, sangran heridas viejas o nuevas y donde la represalia y la delación pueden también abrir puertas a ciertas cotas de poder. Pero a fin de cuentas el soldado raso, que es el corazón de lo que cuenta el libro, lucha por su propia supervivencia, y ese trabajo no es muy distinto en función de la bandera que ondee en su campamento.
En definitiva, la obsesión de Arteche es la reconciliación, ese abrazo al que se refiere el título, el perdón y la convivencia, cosas que parecen de una ingenuidad casi inverosímil en un escenario de tanta crudeza. Su posición es como la de un alma pura, la de alguien quizá tan absorbido por la religión que parece no ver, o no entender bien, lo que tiene delante. Porque no dice siquiera ‘hay que parar la guerra’, sino ‘cuándo terminará esto’, como si fuese un castigo divino, una pandemia pongamos por caso. Ese es su punto de vista, desconcertante, insólito en quien es en definitiva un soldado que ha elegido bando. Pero, quizá precisamente por lo contradictorio, me parece un testimonio sincero y dolido que mueve a reflexión y quién sabe si no representaba el pensamiento de muchos otros, de algunos, de bastantes, no sé. La idea está fija desde la misma dedicatoria inicial: 'A todos los que luchando noblemente por un ideal murieron en la guerra civil de España', e incide en ella en una especie de epílogo escrito veinte años después, con esta rotunda conclusión: ‘Impresión desoladora. Nadie tiene ojos sino para considerar los crímenes ajenos; nadie tiene ojos para considerar los crímenes del campo propio’.
Desde luego habrá a quien no le interese para nada el tema, ya tantas veces visto, leído y discutido, pero si uno está dispuesto a abrir la mente y a conocer por dentro lo que es una guerra, los comportamientos a veces extraños de quienes se ven sumidos en una situación tan extrema, este libro aporta material de primera mano que, repito, creo que es totalmente sincero y estremecedor a la vez. Pese a sus trescientas páginas se lee con enorme facilidad, y nos puede dar pie a mirar ese terrible episodio desde alguna perspectiva diferente a las que con los años hemos asumido como inamovibles.
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