Javier Ceballos Jiménez: Luis Mateo Díez: Gente que conocí en los sueños
Año de publicación: 2019
Valoración: Se deja leer
Gente que conocí en los sueños, título sugerente, no me dirán que no. Y hasta cierto punto descriptivo, pero solo hasta cierto punto, porque los cuatro relatos que componen el libro hablan, más que de sueños, de esa zona inestable entre la vida y la muerte que a todos nos tienta evocar, poblada por fantasmas, almas en pena, personajes que han quedado a mitad del recorrido, o que lo han hecho a la inversa, presencias incorpóreas, seres que pueden ser reales o producto de nuestras obsesiones, quizá de los sueños, también, como dice el título.
Esos personajes que se mueven entre dos mundos no necesariamente son almas atormentadas o se mueven con ánimo vengativo, como tantas veces vemos. Es simplemente que han quedado atrapados entre esos pliegues misteriosos, o en zonas indeterminadas del tiempo, como el Aurelio de Los viajes fantasmales, el primero de los relatos. Tanto es así que pueden circular por un mismo lugar en distintas épocas, dejándose ver, o intuir, por los parroquianos que frecuentan las tabernas. Con personaje dotado de semejante capacidad, la dosis de humor se funde con lo sobrenatural en una mezcla inesperada, bastante convincente, aunque no nos llegue a entusiasmar del todo. Es como un juego que, aunque ingenioso, no pasa de una propuesta bienintencionada.
Por seguir con la mención de los cuentos, ese brillo de lo humorístico se desdibuja en los siguientes, donde Los muertos escondidos presenta un caso de muerto/desaparecido, en el relato quizá más brumoso de todos, y Las amistades del diablo habla sobre una presencia que de forma imperceptible toma el mando de las situaciones, con algunos giros interesantes pero quizá con una referencia tan evidente al Fausto que no sé si es un homenaje o una recreación ligera del clásico.
Los círculos de la clausura plantea por su parte dos escenarios paralelos, un convento de monjas y una prisión, una dualidad más o menos obvia aunque bien manejada, con relatos alternativos en los que se entretejen breves tramas con aire de thriller y personajes que, como casi todos los fundamentales del libro, transitan de nuevo entre la vida y la muerte. La historia desarrollada en el convento, lejos de la solemnidad esperada, transmite cierto aire desenfadado y proporciona los momentos más sorprendentes.
Como se ve, se parte siempre de un planteamiento bastante original, con aquellas presencias de origen y naturaleza dudosos que interactúan en el mundo real no de forma amenazante o perturbadora, sino como unos humanos más, quizá con un punto de ingenuidad. Es por tanto un tratamiento ingenioso, pero que en mi opinión carga con un lastre considerable: el estilo moroso, la frase interminable que conduce de un asunto a otro hasta hacernos perder la perspectiva, una prosa de cierto tono clásico pero también plomizo, que aplasta la frescura que puede tener la idea inicial. No sé si es el estilo propio del autor (de quien no conozco otras obras), o la intención de envolver los relatos en una especie de humo que refuerce la atmósfera de misterio e indefinición de lo que se cuenta, pero el resultado es que, a mi juicio, se echan a perder lo que en principio incluso pudieran haber sido buenas historias.
Parece ser que Mateo tiene afición a esas zonas de penumbra entre lo real y lo soñado, entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Se ve que tiene también ingenio para inventar situaciones y personajes, pero todo queda sumido en un bloque a la vez un poco pesado e intrascendente, sin brío e irremediablemente algo aburrido.
P.S.: Nórdica siempre es una editorial que cuida mucho sus presentaciones, y esta vez incorpora algo bastante inusual: unos cuantos dibujos de la ilustradora MO Gutiérrez Serna. No están mal las decoraciones, y le dan un aire diferente al libro aunque, sinceramente, no veo que tampoco mejoren demasiado las historias que acompañan.
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