Javier Ceballos Jiménez: Guadalupe Nettel: La hija única
Año de publicación: 2020
Valoración: Muy recomendable
Por motivos profesionales / académicos (va, para escribir un artículo sobre Las madres no, de Katixa Agirre), he entrado recientemente en el mundo de las narrativas y reflexiones sobre la maternidad: un corpus que ya tenía precedentes notables como, por ejemplo, El nudo materno de Jane Lazarre o Nacemos de mujer de Adrienne Rich, pero que en los últimos años ha crecido con un número notable de novelas sobre este tema, algunos de ellos en el mundo español o hispanoamericano: la de Katixa Agirre, por ejemplo, pero también Casas vacías de Brenda Navarro, La mejor madre del mundo de Nuria Labarri o la más reciente, esta de Guadalupe Nettel, publicada el pasado (y aciago) año de 2020. (De varias de ellas #HabráReseña en este mismo blog dentro de poco).
Muchas de estas narrativas y reflexiones tiene un objetivo común y necesario: el de cuestionar y deconstruir la versión estereotípica de la madre abnegada, sumisa, sufriente, a la que no se permite ni la duda ni la queja ni la fragilidad, ya sea dedicándose en cuerpo y alma a sus hijos, o simultaneando la crianza con una vida profesional exitosa, multiplicándose en varias personas al mismo tiempo. Guadalupe Nettel, que también parte de una visión absolutamente alejada de este estereotípico de la madre perfecta, acaba sin embargo por añadir otra perspectiva u otra capa a esta cuestión.
La narradora (no exactamente la protagonista) de La hija única es Laura, una mujer que desde joven decide que no quiere tener hijos, y que de hecho se liga las trompas para evitar tentaciones, debilidades o accidentes. A lo largo de la novela, Laura es testigo y partícipe de la vida y la historia de otras dos mujeres, estas sí, madres: Alina, que debe enfrentarse al terrible trance de enterarse durante el embarazo de que su hija tiene una malformación cerebral de origen genético; y Doris, la vecina de la narradora, que convive con los estallidos de violencia de su hijo, reflejo o herencia de los malos tratos a los que los sometió el padre, ya fallecido. La historia de ambas mujeres (cuya alternancia a veces parece un poco forzada, como si se le vieran los andamiajes a la novela) se completa con retazos de la relación de la narradora con su propia madre, o incluso con la aparición de una pareja de palomas que anidan en el balcón de la narradora.
Con estos ejes esenciales (enfermedad, malos tratos, miedo, dolor), se podría esperar que La hija única fuera una novela dura y desasosegante, como lo es, por ejemplo, Casas vacías. Y hay un momento en hacia el final de la primera parte en que parece que es hacia ahí hacia donde Guadalupe Nettel nos quiere llevar. Sin embargo, la segunda parte de la novela da un giro al introducir un elemento nuevo, y que estaba prácticamente ausente de la novela de Brenda Navarro: me refiero a la empatía, la solidaridad, la ayuda mutua y, sí, digamos esa dirty word, el feminismo. Lo que en la primera parte eran una serie inconexa de mujeres desasosegadas por sus fantasmas y aplastadas por el peso excesivo de una maternidad dolorosa, en la segunda se transforman en una red de apoyo femenino que si no soluciona los problemas (la enfermedad sigue siendo enfermedad, los malos tratos no desaparecen ni se olvidan de un día para otro) al menos contribuye a sobrellevarlos y a soportarlos. Se trata de un viaje "del yo al nosotras", como el que, en otro contexto, proponía o descubría también Aixa de la Cruz en Cambiar de idea.
Habrá quien encuentre problemática esta visión esperanzadora, quien hubiera preferido una novela más oscura o más dura ("más realista", dirán algunos), pero tengo que decir que, aunque suelo ser bastante escéptico con las historias de salvación o los finales esperanzadores, en este caso creo que funciona muy bien. Y quiero decir que funciona tanto a nivel narrativo y emotivo (y me he emocionado en varios momentos de la novela, tanto en las partes "oscuras" como en las "luminosas"), como a nivel político, porque esa evolución de la historia y de los personajes refleja una especie de despertar colectivo, un auge global del feminismo que si bien tiene raíces y una genealogía de al menos un siglo, en los últimos años parece haberse precipitado, como un alud, desde las manifestaciones del 8-M a los movimientos para la despenalización del aborto en Irlanda o Argentina, o las protestas contra los feminicidios en México, país de origen de Guadalupe Nettel y donde se sitúa la narración.
Así, como decía al principio, La hija única propone no solo la abolición de la perniciosa imagen de la madre-que-todo-lo-sacrifica-por-sus-hijos-sin-quejarse-nunca, sino su sustitución por un concepto de comunidad (la "aldea" que hace falta para criar a un niño, como dice el conocido proverbio africano), que entronca no solo con el feminismo al que ya he hecho referencia, sino también con la necesidad de recuperar un cierto concepto de lo común en un mundo de individualismo. En definitiva, una gran lectura para comenzar el año, para reflexionar y también para enfrentar estos tiempos difíciles que vivimos, y que todavía viviremos, desde un nosotros (o nosotras) renacido.
Nota anecdótica: esto no tiene demasiado que ver con el tema del libro ni con esta reseña, pero sabiendo que el libro se había publicado en 2020, y aunque obviamente el libro se escribió antes de eso, me ha resultado algo extraño leer una narración ubicada en una realidad pre-pandémica. Nada de mascarillas ni distancia social, abrazos y besos por doquier, hospitales en los que se tratan todo tipo de enfermedades y dolencias - pero no la covid-19... Me pregunto si esta especie de shock post-traumático se nos pasará si/cuando vuelva la "normalidad", o si se quedará con nosotros para el resto de nuestras vidas...
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